En la mesa «IA y Propiedad Intelectual: ¿De quién es la idea?», Andrés Pedreño y Álvaro Cajal, de Wild Frames VFX, analizaron junto a la catedrática Nuria Fernández cómo cambia la autoría cuando la inteligencia artificial pasa de ser un oráculo a actuar como agente autónomo.

El III Congreso Internacional de Diseño, organizado por la Cámara de Comercio de Alicante, dedicó una de sus mesas a una pregunta que preocupa a creadores, empresas y juristas: ¿de quién es la idea cuando interviene la inteligencia artificial? Participaron Andrés Pedreño, presidente de 1MillionBot y fundador de Torre Juana OST, y Álvaro Cajal, Head of Studio en Alicante de Wild Frames VFX. La moderó Nuria Fernández, catedrática de Derecho Mercantil de la Universidad de Alicante, que planteó el dilema de fondo: si la IA ya se comporta como un factor de producción autónomo, ¿a quién pertenecen las rentas que genera, a quien la usa, al propietario del modelo o a los miles de creadores cuyas obras lo hicieron posible?

Pedreño reconoció que acudía con más preguntas que respuestas y recordó que, desde la llegada de ChatGPT en noviembre de 2022, la IA ha ganado capacidad de razonamiento, memoria a corto y largo plazo y automejora mediante aprendizaje por refuerzo. Esa combinación, explicó, ha dado lugar a una IA autónoma que está «rompiendo todos los esquemas». Mientras se use como un oráculo, la idea sigue siendo de quien aporta la intención, el criterio y el contexto: «Lo que necesitamos es criterio, es contexto, es desarrollo, es idea humana». Con la IA agéntica, en cambio, todo se complica. Se pueden crear agentes que encarnen a Picasso, Kandinsky o Miguel Ángel y pedirles que debatan cómo debe ser un jarrón para la plaza mayor de Elche. ¿De quién es entonces la idea? Pedreño trasladó la pregunta a los expertos jurídicos presentes.

Durante el debate se subrayó que, si la aportación humana se reduce a elegir entre cien propuestas, el criterio de selección también tiene un enorme valor, como el que aportan un comisario o un editor. Pedreño advirtió además de un riesgo: que la IA inunde el sistema de diseños y su registro masivo, o su divulgación como estado de la técnica, bloquee la creación futura. Lo comparó con la «tragedia de los anticomunes» y con los trolls de patentes, que no diseñan para producir, sino para cobrar un peaje a quien produce.

A preguntas de Nuria Fernández sobre si la regulación europea protege a los creadores o ahuyenta a los desarrolladores de modelos, Pedreño comparó tres enfoques. Estados Unidos reconoce propiedad intelectual al criterio y la estructura humana de una obra, pero no a las imágenes generadas por IA, una postura conservadora que permite a la industria seguir produciendo. China empieza a valorar el papel del prompt y destila modelos estadounidenses que luego libera como código abierto. Europa, con la directiva de 2019 sobre minería de textos y tribunales que ya empiezan a pronunciarse, regula con gran detalle modelos que se desarrollan fuera, con el riesgo de no poder aplicar en la práctica sus propias normas. Su propuesta es apostar por la «soberanía por adopción»: si Europa no puede liderar la carrera de los grandes modelos, sí puede ser pionera en integrarlos en el cine, la literatura o el diseño comercial, y crear así precedentes sobre cómo organizar el trabajo.

La visión de la industria audiovisual

Álvaro Cajal aportó la perspectiva práctica de un estudio con experiencia en producciones de Marvel y Disney, que ha elegido Alicante para su actividad. Fue tajante sobre el papel de la tecnología: «No puede ser un oráculo. Es una herramienta». Explicó que la IA genera una solución distinta cada vez, lo que la hace casi imposible de dirigir cuando un director pide cambiar un único detalle de una imagen, y aconsejó formarse primero en la disciplina y usar la IA después para producir más rápido.

Cajal detalló el reparto de responsabilidades entre el creador del modelo, el dataset de entrenamiento y el usuario final, y señaló la falta de trazabilidad como el gran problema. Su estudio sigue un protocolo antes de elegir cada modelo: valora si el proyecto es comercial y qué distribución tendrá, comprueba en el marketplace si el dataset está listado y si la licencia permite el uso comercial, verifica quién ostenta los derechos de los resultados y si se exige atribución, y conserva la versión del modelo, la licencia y toda comunicación con los creadores. La razón es práctica: en una producción pueden usarse medio centenar de modelos, y si uno falla, «la película no puede salir».

También explicó los criterios de Netflix, que busca evitar la sustitución de personas: cualquier uso de la imagen de un actor requiere su autorización por escrito, y las imágenes generadas con IA no pueden llegar al montaje final. Su uso queda limitado a procesos internos de aprobación o a reparar planos que han salido mal en rodaje.

Pautas para las empresas

En su intervención final, Pedreño sostuvo que el cumplimiento normativo debe estar en el diseño y, paradójicamente, que la propiedad intelectual se traduce en documentación. Recomendó a las empresas guardar el rastro completo del proceso creativo (instrucciones, iteraciones, selecciones y modificaciones humanas), que es la prueba de autoría cuando alguien la disputa. Aconsejó trabajar con proveedores que garanticen el origen de sus datos y ofrezcan indemnidad contractual, revisar los resultados frente a marcas y diseños registrados antes de comercializarlos y no pedir nunca a la máquina obras al estilo de un competidor concreto. Y pidió establecer una política interna sobre qué información corporativa puede entrar en la IA: «Lo que se pega en un chat abierto deja de ser secreto».

Pedreño cerró con una imagen que resume su visión: la propiedad intelectual en la era de la IA se parece cada vez más a la contabilidad, es decir, «lo que está anotado, lo que existe».

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