A continuación reproducimos algunos extractos de un artículo publicado por Andrés Pedreño en la versión impresa del diario Expansión.

La economía digital no es una mera opción a la carta que un Gobierno puede dosificar retrasar o limitar a su gusto, sino una necesidad urgente para el desarrollo económico y social, y para la sostenibilidad del sistema de bienestar. No obstante, casi todos los grupos políticos han mostrado cierta tecnofobia, recelo y hasta rechazo a lo digital posicionándose a la defensiva frente a lo que es una gran oportunidad. La digitalización no es sólo una cuestión de supervivencia, es el futuro y la gran oportunidad para hacer una economía competitiva que haga frente a los complejos retos de la sociedad actual.

Europa, la gran potencia que nos hizo más grandes, está perdiendo
una carrera fundamental para mantener su posicionamiento económico mundial, su bienestar y sus libertades. Nos jugamos nuestro futuro, y el retraso tecnológico y la falta de empresas disruptivas hacen sonar todas las alarmas. El envejecimiento de la población, el elevado nivel de desempleo juvenil en los países del sur, la debilidad del ecosistema digital, la fragilidad en I+D sitúan al viejo continente en la cuerda floja…
¿Dónde fallamos

Mientras Europa focaliza su inversión en I+D en sectores tradicionales, China y EEUU apuestan por crear empresas potentes de tecnologías disruptivas entorno al 5G, IA (Inteligencia Artificial), IoT (Internet de las Cosas), Blockchain… En Europa se habla de adaptación y no disrupción.

El sector público europeo no está ejerciendo de catalizador de la inversión (como sí ocurre en EEUU o China), sino que está compensando con ayudas públicas la falta de innovación y disrupción privada. Además, la I+D europea se enfoca a la parte académica, pero con poca repercusión, dejando de lado el emprendimiento y el desarrollo de proyectos disruptivos que contribuyan a la mejora de la competitividad de las empresas y la economía. Sin noticias de la web 2.0 en Europa, los costes del retraso digital se acumulan y se pagarán caros. O ya se están pagando: pérdida de competitividad de nuestros sectores frente a las economías asiáticas emergentes y aviso de algunos expertos que ya se cuestionan si por primera vez desde el estallido de la II Guerra Mundial la siguiente generación de europeos superará el nivel de bienestar de sus padres y abuelos.

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